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Labrador Retriever: comportamiento, energía y mucha locura

Si tienes un Labrador, sabes que no es un perro, es un terremoto con patas que solo quiere amor.

Labrador tumbado en la hierba

Pilar Guerrero

3 minutos de lectura


Ayer vi a un Bichón Maltés intentando imponer respeto en el parque y me acordé de los Labradores. Es que no tienen remedio... son pura bondad desbordada, ¿sabes? Un Labrador no sabe qué es el espacio personal, para ellos, si estás sentado, es porque eres un sofá humano ideal. Y es que su etología es fascinante, siempre buscando esa conexión constante con nosotros.

¿Por qué son tan intensos?

Es increíble cómo mantienen esa cara de cachorro aunque tengan ya cinco años. Lo que pasa es que su instinto de cobro es una locura; si no les lanzas la pelota, te la traen ellos, te la ponen en el regazo y te miran con esos ojos de "venga, ¿en serio vas a dejar pasar esta oportunidad de jugar?". Son perros que necesitan quemar mucho, pero que mucho, y si no lo hacen, te desmontan el salón en un periquete. Me acuerdo de un Golden Retriever de un colega que era igual de bonachón, pero el Labrador tiene ese punto de energía eléctrica que no se apaga ni a tiros.

La clave está en la calma

Si no gestionas su niveles de excitación, vas a tener un problema serio de saltos. El Labrador es un perro que, si no le enseñas a estar tranquilo, se convierte en un atleta olímpico dentro de casa. Lo mejor que puedes hacer es enseñarle a "esperar". No es que sean tercos, es que son demasiado entusiastas.


No te equivoques, no son perros de estar todo el día tumbados en la alfombra, por mucho que en las fotos salgan monísimos. Necesitan trabajar. Si los sacas al campo, se vuelven locos, olfatean cada brizna de hierba como si fuera un mapa del tesoro. ¡Son unos jefes de la vida! A veces me da hasta envidia ver esa capacidad de disfrutar de una simple rama caída.


Juguetes de estimulación mental, la salvación

Mira, no te compliques la vida. Si quieres que tu Labrador no se coma las patas de la mesa, invierte en un buen juguete de dispensación de comida. Es mano de santo. Lo rellenas con algo rico, se lo das cuando se ponga muy pesado y, de repente, se hace el silencio. El perro se concentra en resolver el puzle, trabaja la nariz y se cansa mentalmente, que es diez veces más efectivo que correr diez kilómetros. Créeme, un perro que piensa es un perro que duerme feliz.

Lo dicho, que son un melocotonazo de perros. Eso sí, prepárate para los pelos, porque eso es una batalla perdida desde el minuto uno. Pero, ¿y lo que te quieren? Eso no tiene precio, chaval.



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